La clásica Leica M. Una joya.
Esta vieja compañera no sale mucho de casa, por su peso y tamaño, pero cuando lo hace produce obras de arte.
Esta cámara es exigente en su manejo, y se usa con una devoción especial, sintiendo la obligación de no hacer una foto mala, de no desperdiciar carrete.
Su uso frívolo puede enojar a los espíritus de los ingenieros alemanes que dibujaron su mecanismo y ensamblaron a mano sus relojitos y muelles.
La he hermanado con un objetivo Voigtländer de 35mm, compacto y muy efectivo. Juntos producen fotografías de corte clásico, casi académico.
Película Kodak T-Max 400 y un fotómetro de mano.